
En ese cálido lugar, placentero y tranquilo, bañado por lo rayos del sol, ella recuerda los momentos más maravillosos. Un lugar donde el suave viento trae consigo las voces del pasado, donde las serenas aguas cristalinas reflejan el tiempo, y donde las majestuosas montañas se divisan a lo lejos. Altas, imponentes y solemnes se alzan en las distancia, blancas como un cisne al vuelo.
Más allá un ciruelo en flor se balancea a las orillas del lago con sus abundantes capullos rosa. Susurra su nombre, y la llama a que vuelva a aquellos tiempos de felicidad. Le hace evocar momentos de su niñez, y con gran nostalgia recuerda los momentos que pasó junto a sus hermanos bajo aquél ciruelo tan alto y tan bello.
Se mira una vez más en el estaque límpido, y por un momento ve la sombra de su pasado. Una serie de pecados no expiados surcan su mente, hasta que vuelve a ver los peces danzando en la superficie.
Una lágrima se suma a las gotas de tierno rocío que cubren el césped a los pies del árbol sobre el cual solía descansar.
Una suave brisa golpea su cara y su pelo revolotea al viento. El aroma primaveral que llega a sus narices le hace suspirar. Se esfuerza por grabar el momento en su memoria, sin querer dejarlo pasar.
Recorre una vez más el lugar con la mirada y se promete no olvidarlo. El paisaje ya forma parte de sí. Con sus praderas, montañas y ciruelos simboliza todo lo que había sido su niñez. Su lozanía y su vigor habían cobrado vida en aquellos parajes, que siempre llevaría en el corazón.

