17 de julio de 2010

Dama de Rosa


Sentada en un bar, o tal vez un café, destaca por su originalidad. Les hablo de la Dama Rosa. Una mujer singular, que se vuelve símbolo de esperanza para todos aquellos que no se atreven a ser quienes son, que son reprimidos por cualquier tipo de presión. Una muchacha, joven y lozana que no teme mostrar quién es, que encarna la libertad en un cuerpo frágil. Y que vive ajena a todo, inmersa en su propio mundo.
Lo contemporáneo, común y calórico de su comida, contrastan con su imagen. Vestida de terciopelo negro, lleva un peinado anticuado, compuesto por intrincados nudos que suben por su cabeza dejando caer un par de rizos dorados que enmarcan su alba frente. Su tocado es complementado con perlas nacaradas, rosas perfumadas y cintas entrelazadas.
Su piel de porcelana, como seda sobre cristal, tiene un reflejo aterciopelado por el efecto de la luz sobre su rostro. Sus mejillas de niña, apenas sonrosadas, hacen juego con sus párpados de color aurora y sus labios delineados con un suave tono asalmonado.
Un halo de luz envuelve a este místico ser que parece sacado de la literatura. Su apariencia pacífica y sobrenatural, sólo es rota por los ornamentos tan terrenales que adornan su cuello, dedos y muñecas. Ya que, a pesar de la técnica exquisita con que fueron confeccionados, denotan una hechura humana. Las flores de metal repujado son de este mundo, por mucho que queramos lo contrario
No queda más que decir. Ésta es la Dama Rosa. Frágil, tímida y sobrenatural, demuestra su originalidad en un lugar tan normal como el café de la esquina. Se muestra tal cual es, a diferencia de muchos hoy en día. Me enseñó a no temerle al mundo, así cómo yo te lo enseño a ti, lector, a través de una imagen. Para que la próxima vez que vayas al Starbucks y te encuentres con alguien singular y extraordinario, pienses que, tal vez, sea una de esas pocas personas que no teme decir quién es.

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